lunes, 12 de mayo de 2008

EASTERN PROMISES (2007)

de David Cronenberg

Nos internamos en un Londres suburbial y frío, análogo a las características de la mafia rusa que radica allí, y en la que se enfoca íntegramente el relato, donde la filiación es obligación más por ancestrales códigos que por motivaciones sentimentales. Cronenberg cuestiona nuevamente las justificaciones de la violencia, esta vez con una historia más lineal y menos ambigua e impactante que su anterior A history of violence, en la cual expone las pulsiones de supervivencia del hombre devenidas en violencia inevitable, convirtiéndose en dos seres diferentes con el mismo rostro y cuerpo ante las eventualidades rutinarias o extremas que lo condicionan. A history of violence perturba porque nos presenta como animales instintivos reaccionarios según la circunstancia, aprobada socialmente casi por unanimidad. Eastern promises trae al ruedo nuevamente lo visceral de la furia humana, su instinto de supervivencia puesto a prueba entre hombres -entiéndase bestias- y la misma interrogante sobre una excusa valedera para el derramamiento de sangre.

Anna es una partera que paradójicamente perdió a su hijo en periodo de gestación por motivos desconocidos, ella se hará cargo del recién nacido de una fallecida paciente suya, la cual estuvo involucrada estrechamente con la mafia Vory v zakone, y que describió sus sufridas vivencias en un diario que contiene información incriminadora para Semyon, jefe criminal de la sucursal londinense, por ser quien la violó e inseminó. Dicho diario cae en manos de Anna lo que conlleva su enredo a este lóbrego y peligroso ambiente de corrupción y doble moral. Nikolai (Viggo Mortensen) se presenta como el chofer de la familia traficante, guardaespaldas e íntimo amigo (con tensión erótica sugerente) del hijo del mandamás, el histérico Kirill, a quien manipula para conseguir su inclusión oficial al clan. Nikolai resultará ser un agente encubierto de la KGB encargado para desbaratar los proyectos de tráfico de personas de Seymon, asimismo de hacerlo reo. La dualidad de identidades, visto en un solo caso en A history of violence, se duplica para coger dos perspectivas del mismo fin con Semyon (cheff/criminal) y Nikolai (chofer/matón - criminal/agente de ley). Mortensen está impecable, su permanente expresión impertérrita -de una sola pieza- ofrece ambigüedad al personaje por no saberse a primer golpe de vista su perfil emocional, muchas veces deductible en una impresión inicial como sería en el caso de Anna, quien emana sumisión y padecimiento desde el primer "primer plano" de su rostro. Asimismo, Armin Mueller-Stahl como despiadado ordenador con aspecto cortés y afable apenas convence, aunque encaja perfectamente en lo que el autor canadiense pretende para con sus personajes: misterio en sus perfiles sicológicos, lo que hace de Cronenberg un maestro del trastorno y la turbulencia.
Eastern promises centra su enfoque en la cruda revelación de las consecuencias de un camino azaroso que se escoge sin posibilidades de degustación previa, sea este la persecución del poder criminal, la estabilidad económica fuera de las fronteras rusas o la maternidad adoptiva que aflora tras una frustración pretérita. Estos objetivos se proyectan a costa de las turbadas eventualidades que estos demanden, así resulten trágicas o en un mejor caso dramáticas; esas son las "promesas peligrosas" que ellos mismos asumen para la consumación de su meta. Cabe preguntarse, entonces, si esta consumación amerita violencia desbocada, doble moral o abandono de la identidad. Sin ambages, Cronenberg responde con sangre, tensión y... más sangre, aclarándonos que nuestras pulsiones son las que responden a las circunstancias.



Según las propias palabras del director, descubrir que los tatuajes en el historial criminal de un ruso tienen una importancia capital para certificar sus crímenes, condenas y condiciones -siendo legibles sólo por quienes conocen los códigos- dio un guiño para enfatizar en aquellas marcas como motivos de orgullo y jactancia, asimismo para darle protagonismo en una escena clave como es la de la inclusión de Nikolai al Vor, en la que los diálogos dependen de las "escrituras" gráficas en su cuerpo, descifrados por los altos mandos de aquella entidad clandestina. Escena íntima, lacónica, que exhibe al protagonista semidesnudo a merced del juicio de sus nuevos padres.

Sólo Cronenberg con su universo deliciosamente perverso pudo manufacturar una escena tan visceral y salvaje como la de los baños turcos, en la que el instinto de supervivencia se impone como el justificador de la destrucción. La encarnación y despliegue de la furia entre esas tres personas motiva nuestro morbo voyeurista frente a las más viles intenciones homicidas, en la que vence la condición natural de la especie, representado por la desnudez de Nikolai ante los matones metódicos y civilizados. La plaza de la barbarie es un ambiente aséptico (un baño turco) que se macula con la sangre y sudor que se derrama en los mejores 3 minutos cinéfilos del año, que connotan la corrupción del ambiente por la profusión de la violencia. Cronenberg nos enrostra nuestra monstruosidad al lograrnos excitar con un show propio de circo romano, regalándonos un íntimo placer culposo que no muchos aceptan, por lo "inmoral" de su naturaleza.

En Eastern promises no importa el éxito de la asignación incubierta de Nikolai sino su condición de acomodado a la circunstancia que lo obliga, la debelación de su misión responde a la dualidad de los personajes eje de Cronenberg, mas no como un enmarañado de la trama. El canadiense elige un rostro versátil para desfigurarlo ante la eventualidad: de la ecuanimidad a la brutalidad y de la mala a la buena intención. Por eso, Nikolai se adscribe perfectamente a su universo, como en menor medida Semyon. Anna es la víctima de esas apariencias engañosas, quien aunque no procede como los antes mencionados, se enturbia y altera por la nociva circunstancia en la que se encuentra. Los personajes de esta entrega mutan ante el peligro latente para convertirse en carne de sus deseos primarios.

100 minutos en los que no se resuelve nada -aparte de la consumación maternal de Anna, que es de mi desagrado- pues no se trata de un relato aristotélico sino de la exposición de la transformación de los seres ante las exigencias momentáneas. Una vez hecha la contundente denuncia contra el inevitable instinto propio -asolador y egoísta- se da por terminada otra exquisita muestra explícita de nuestra aceptada podredumbre.

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